Tendría unos 13 años cuando un día al pasar por el mercado, a través del cristal de una tienda me puse a observar un montón de pollitos chiquitines que bajo una bombilla iban de un lado a otro. Entré y en una cajita me llevé uno. El problema era como esconderlo al llegar a casa…Estaba tan ilusionada que dije la verdad, sin recibir la fuerte reprimenda esperada.
Siguiendo las instrucciones del vendedor, le puse una botella de agua caliente envuelta en un pañito y así no moriría de frío. Estaba tan feliz que me acercaba cada momento para hacerle caricias. Por la noche, mientras veía la TV lo escuchaba piar muy fuerte y pensaba en lo contento que estaba. Para cuando terminó la película estaba calladito. Me acerqué sigilosamente para darle las buenas noches….El agua caliente se había salido y estaba tieso…
Con veinte años sentí durante mueve meses el temor de no saber cuidar a mi hijo,. Semanas de pesadillas y llegó un día en que me durmieron...al despertar, en una calurosa noche de junio, lo pusieron en mis brazos…miedo sólo miedo que no me atrevía a expresar…Mejor que lo cogiera alguien o estuviera en el nido. Llegó el momento de volver a casa y lloraba por miedo a que le ocurriera algo por mi culpa…Poco a poco el miedo fue dando paso a la seguridad y así empecé a disfrutar de ese niño que el próximo domingo cumple años. La vida, con su propia historia dice algo sobre sí misma...nos desvela gradualmente alguno de sus secretos, que están ante nosotros como un acertijo que es necesario resolver.
Leía hace poco una frase que decía: "niños, no miréis nunca hacía atrás", en el sentido de que no debemos permitir nunca que el futuro se hunda bajo el peso de la memoria… quizás el secreto de la encantadora inocencia de su sonrisa sea que no disponen de pasado...
Oteaba Auer
Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día
nos digan adiós